En el refugio que se habilitó en la escuela Aída Cartagena Portalatín quedan 31 familias que aún no tienen viviendas. Pero a diario reciben alimentos, ropas y productos alimenticios donados por diferentes instituciones.La vida en los refugios se desenvuelve de la misma manera que en los barrios marginados de donde proceden estas familias, donde cada uno está pendiente del mínimo movimiento que hacen los demás y son escasas las reglas y el orden.
Sin embargo, en este refugio tienen de todo, alimentos, ropas, colchones, productos para la higiene, atenciones médicas y hasta charlas para que aprendan a convivir en ese tipo de ambiente.
Las quejas por robos de pertenencias, pleitos, falta de orden para distribuir las donaciones de diversas instituciones están a la orden del día en este albergue, donde según se dijo a Listín Diario hasta marihuana y pistolas de juguetes fueron encontradas en manos de refugiados.
Las 31 familias (125 personas) que quedan en este plantel, de un total de 105 que habían en un principio, están distribuidas en dos grupos, los hombres alojados en un aula de la escuela y las mujeres y niños en el salón multiuso.
En un área del plantel se habilitó una cocina para que los damnificados preparen ellos mismos sus alimentos. Los equipos (estufa, tanque, platos, calderos y cucharas) fueron donados por el Instituto Dominicano de Desarrollo Integral (IDDI).
El desayuno (pan con huevo revuelto) se terminó de servir a las 11:00 de la mañana, pues se fue preparando por parte, y primero tuvieron que reparar una avería que tenía la manguera del gas.
Martha estuvo indiferente al desayuno, pues concentró toda su atención en la búsqueda de una sábana que se le había extraviado y, que según dijo, se la prestó una amiga para que arropara sus hijos y no quería que se le perdiera.
Fue necesario revisar las pertenencias de la mayoría de las mujeres alojadas en el salón, y al final la manta no apareció. “Aquí hasta los panties se lo roban si uno se descuida”, gritó Nelly Cruceta.
Minutos después se analizó la queja de alguien que supuestamente no alcanzó desayuno, lo que sorprendió a Daniela Hernández, quien concluyó que a lo mejor algunas personas cogieron de a dos raciones porque ella se pasó gran parte de la mañana preparando 15 cartones de huevos para 125 refugiados.
Los baños del plantel se mantienen constantemente ocupados y la limpieza de estos es otro motivo de discusión. Algunas mujeres se quejaron de que se mantienen limpiándolos y cuando dan media vuelta lo encuentran sucio, pero ayer las instalaciones se averiaron y se anegaron de agua.
Carmen Taveras, bibliotecaria del plantel, quien se mantenido asistiendo a estas familias, lamentó la falta de formación que exhiben estas personas, y dijo que depositan en los inodoros los pañales desechables y toallas sanitarias.
Las persianas del salón se han convertido en cordeles para secar panties y brasieres, mientras en el aula de los caballeros se orean zapatos, chancletas y tennies.
Al mediodía llegaron las primeras 150 raciones de comida que les envió la Secretaría de Interior y Policía. Una hora más tarde recibieron 125 más donadas por el diputado Carlos Peña.
Algunos aceptaron estos alimentos, pero no lo comieron, otros lo rechazaron y más tarde recibieron comida que le enviaron parientes suyos.
Los enfermos claman por atenciones especialesBasilia Suero, una abuela que lleva 35 años residiendo en La Zurza, junto a un sobrinito de seis años con el virus del Sida, es una de las alojadas en la escuela Aída Cartagena Portalatín que más le preocupa su futuro.
Dijo que su casa se mantiene inundada después que se inició la carretera perimetral del río Isabela que construye la Oficina para el Reordenamiento del Transporte (OPRET).
“Yo lo que quiero es que el Gobierno nos resuelva en lo que pueda, que nos saque de ahí de esa laguna, ya que ellos dañaron todo eso”, dijo Basilia, tras lamentar que en su hogar el agua se filtra por el piso, mientras tiene a su cargo la manuntención de siete sobrinos que perdieron su madre hace cuatro años y tienen su padre enfermo y ciego.
Manuel (nombre ficticio), es el único que vive con ella, pero no está recibiendo ningún tipo de medicamentos ni atención médica para la enfermedad que lo afecta y que le impide estudiar y llevar una vida normal.
Sus hermanitos viven con su padre en Boca Chica, donde tiene que llevarle comida todos los días para que no pasen hambre, pues su progenitor no puede trabajar.
Lourdes María Martínez, otra damnificada del lugar, padece de diabetes y se queja de que la comida que sirven diariamente no es apta para su salud, y tiene que comprar sus alimentos sin tener recursos.
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